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La moraleja de nuestros guerreros

Marzo 4 de 2019

Julio Acelas
Columnista de opinión
@JulioAcelas
julioacelas@yahoo.com

Zenaida Rueda Calderón, una campesina santandereana de pura cepa, se fué para el monte, anduvo medio país, echó tiros 18 años, llegó a ser radioperadora de las FARC y termino conformando el anillo de seguridad del “mono Jojoy”. La reclutaron un día de noviembre de 1991, estando “de chanclas y pantaloneta”, en la vereda La Tigra de El Playón: “me fui sin despedirme de mi familia y nunca más la volví a ver”. Era una época dolorosa, muy dura, tenía muy arrugado el corazón, porque mi papa “tomaba mucha cerveza, se emborrachaba y le cascaba a mi mama, barría el piso con ella”.

Zenaida ha sido una mujer pragmática, disciplinada y muy inteligente, que uno no sabe si admirar o criticar. Una de esas mujeres de fuego que le han forjado rumbo e historia a estas tierras ariscas y silentes. En 2009, desmoralizada, hastiada de las balas y el peligro, y extrañando a sus hijos que había dejado por ahí tirados, desertó con un secuestrado del campamento de “Romaña” en el páramo de Sumapaz.

Zenaida, al comparar los guerrilleros de estas tierras comuneras, “donde no había narcotráfico”, con los del Bloque Oriental, concluía que sus paisanos eran más educados, ayudaban a la población civil y estaban muy convencidos de la lucha; en cambio, los de allá, del Caquetá y la selva del sur del país, eran unos “patanes”.  

La historia es pedagogía viva, nos ayuda a comprender el presente feliz y descarriado, echando mano de las lecciones del pasado, para que el futuro sea más amable, evitando las tragedias y el dolor, por todo ello, la han exiliado de los currículos. Es como un espejo de piso que nos refleja a diario los demonios, las perversiones, los ceremoniales, y todo aquello que nos ha hecho felices.

Nuestra historia, que poco conocemos, nos ha enseñado que los santandereanos hemos decidido con una racionalidad y firmeza asombrosa, tanto tomar las armas un día, como abandonarlas el otro. Son pocos los guerrilleros de esta tierra que llegaron al final de la guerra con las FARC. Poco sabemos de ello, como tampoco, porqué después de un amplio y casi absoluto dominio rebelde, durante décadas, en veredas y poblados, las comunidades abrazaron sin más a los paramilitares y la derecha política.

Echemos mano de esa inteligencia que ha acompañado a nuestros guerreros y construyamos un rumbo común que priorice la inclusión social y una esperanza colectiva, que deje atrás la intolerancia y la discriminación que nos ha impedido soñar más allá de las montañas.    

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