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Partido Conservador en Santander ¡Es con Duque!

Es un momento determinante para Colombia y el Partido Conservador no puede ser inferior. La oportunidad para renovar los votos como organización política aferrada al bienestar de la Patria y con los valores y principios propuestos por Caro y Ospina, está en el respaldo a la candidatura presidencial de Iván Duque y Martha Lucía Ramírez.

Camilo Martínez Puentes

Por Camilo Martínez Puentes

@camarpu

Con el paso de los años, el Partido Conservador  ha dejado perder de la memoria colectiva los protagonistas y protagonismos que marcaron su tiempo. Ese olvido reduce los méritos del pasado al grato y exótico ejercicio del historicismo, al cual apelo en este momento para rescatar las lecciones que funcionaron y que hacían la esencia del ejercicio pólítico, en especial del Partido Conservador.

Independientemente  de las afinidades e identidades ideológicas, y de las preferencias programáticas, los dirigentes políticos de la pasada generación del Partido Conservador se destacaban en sus comarcas como virtuosos exponentes de sus conciudadanos por ser gente de bien, con capacidad de gestión y compromiso para el progreso de sus pueblos. Desempeñaban ellos, con pulcritud, un oficio diario de servicio, casi que un apostolado en favor de las comunidades.

La política se hacía en el Partido Conservador para convencer y entusiasmar. El fervor partidista permitía la organización política con sus jerarquías. ¡Óscar Martínez Salazar, Ciro López Mendoza, Enrique Barco Guerrero y Darío Marín Vanegas eran de esos dirigentes! ¡Cuanta solvencia moral e intelectual! ¡Que Partido y Que Jefaturas!

El Partido Conservador contaba con estos líderes como garantía de esperanza y mejores amaneceres para Santander. Su emprendimiento y lucha estaban aferrados a en conquistar los dictados de un ideario social, por lo que no se permitían descanso ni eran conformistas.

Estos líderes del Partido Conservador no admitían que la militancia se dispersara en grupos menores,  incapaces de mantener su  histórica y majestuosa vigencia. El exgobernador Óscar Martínez hacía énfasis en la necesidad de  estructurar propuestas políticas capaces de interpretar las nuevas realidades nacionales y regionales, que garantizaran la convocatoria de la opinión.

Esta expresión no traducía otra cosa que la vocación de poder del Partido Conservador. T por eso se puede leer, en las editoriales del extinto Diario de Bucaramanga la postura de Martínez en la q criticaba la “triste condición de muleta a la que habían reducido al Conservatismo, unos dirigentes   decadentes e ineptos, dedicados, a cambio de unos puestos subalternos, a evitar la caída de los gobiernos de turno”.

Le recomendaba Martínez Salazar al Partido Conservador, que “solo se hace política cuando hay algo para proponer. El verdadero dirigente se ocupa más  de la macropolítica que de la micropolítica y no podían ser ni el socialismo ni el populismo las alternativas de Colombia para el desarrollo y la paz, sino las ideas conservadoras progresistas, inspiradas en la doctrina social de la Iglesia  Católica”.

Estas palabras hacen eco en la coyuntura actual, en la que el país ve a un Partido Conservador sin carácter, indeciso, postrado al mejor postor, o a dividirse si es necesario, con tal de salvar cuotas burocráticas que no traducen ni la vocación de poder ni la conquista ideológica del Partido Conservador.

Es un momento determinante para Colombia y el Partido Conservador no puede ser inferior. La oportunidad para renovar sus votos como organización política aferrada al bienestar de la Patria y con los valores y principios propuestos por Caro y Ospina hace mas de un siglo, está en el respaldo a la candidatura presidencial de Iván Duque y Martha Lucía Ramírez.

Es el momento de volver a la senda que marcó para el Partido Conservador en santandereano José Camacho Carreño, como lo inmortalizó Manuel Serrano Blanco: “Cuando  el Señor de Singüenza , personaje creado por la fantasía de Gabriel Miró, andaba por casales y ventisqueros dialogando con todos los seres pequeños del mundo, topó un día con un orador de resonancia patética, y al verlo y oírle, no pudo menos de exclamar a despecho de su escepticismo silencioso: ¡he aquí un elocuente! ¡aún tenemos Patria!”

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